La estrategia no colapsó. Colapsó el mundo —económico, político y cultural— en el que la estrategia funcionaba.
No estamos frente a un simple cambio de contexto, sino frente a una reconfiguración completa del sistema operativo desde el que se toman decisiones. Cambiaron las reglas económicas y algo más profundo: la forma en que las personas interpretan la realidad, procesan información, construyen confianza y le otorgan sentido a lo que consumen, eligen o rechazan.
Eso que muchos viven como presión constante no es cansancio individual o falta de foco, es un sistema empujando desde múltiples direcciones al mismo tiempo, mientras la cultura pierde estabilidad. Las referencias se fragmentan, los consensos se debilitan y las narrativas comunes dejan de cumplir su función de ordenar la experiencia. La policrisis no es ruido de fondo de los desafíos estratégicos. Es el desafío estratégico.
Mientras sigamos intentando resolver los problemas de 2026 con las categorías, los procesos y los reflejos de 2016, la sensación de desajuste va a persistir. No porque falte capacidad, sino porque esos marcos fueron diseñados para un mundo culturalmente más estable: con públicos más previsibles, relatos más compartidos y horizontes de futuro más claros.
Ese desfasaje —más que la falta de talento o de recursos— explica buena parte de la desorientación que hoy atraviesa a empresas, marcas y equipos.
La policrisis no es “muchas cosas saliendo mal al mismo tiempo”. Es una inestabilidad interdependiente que se manifiesta también en el plano cultural. Cada crisis económica, política o ambiental impacta sobre la sensibilidad social, erosiona la confianza, acorta los horizontes de planificación y vuelve más volátiles los deseos. El resultado es fatiga simbólica: dificultad para creer, para comprometerse, para sostener expectativas en el tiempo.
Una crisis climática no solo afecta la producción; instala ansiedad, culpa y una sensación de futuro frágil.
Una crisis financiera no solo golpea la economía; debilita la idea misma de progreso y mérito.
Una crisis política profunda no solo reordena el poder; fractura el horizonte común, reactiva miedos históricos y deja a las personas sin relato de futuro.
Cada crisis amplifica a las demás, pero también transforma la cultura que las procesa. El sistema se vuelve más frágil, y las personas, más cautas, más reactivas, menos dispuestas a delegar sentido en instituciones, marcas o líderes.
No estamos observando este fenómeno desde afuera. Estamos adentro.
Tomamos decisiones estratégicas, construimos marcas, diseñamos narrativas y pedimos compromiso mientras la cultura está saturada, fatigada y en permanente estado de alerta.
Ese es el contexto real en el que hoy se juega la estrategia.
Hablar de esto no es la manera más cómoda ni ortodoxa de abrir el primer newsletter del año.
Pero es una forma honesta de nombrar el terreno en el que vamos a operar.
El desafío de 2026 no será “acelerar” ni “adaptarse” más rápido, sino aprender a pensar mejor en un contexto estructuralmente inestable: revisar categorías, soltar reflejos viejos y volver a construir criterio donde hoy hay saturación y ruido.
La estrategia no va a recuperar estabilidad.
Lo que sí puede recuperar es claridad.