
Cuando Richard Sennett habla del artesano, no está hablando de oficios manuales sino de una forma de estar frente al trabajo: de alguien que no impone una idea sobre la materia, sino que entra en diálogo con ella. El lutier con la madera, el cocinero con los ingredientes, el médico con el cuerpo o el programador con el código hacen, en el fondo, lo mismo: prueban, ajustan, vuelven atrás y escuchan lo que el material les devuelve.
Eso es lo que Sennett llama metamorfosis, un proceso en el que no solo cambia lo que se produce sino también quien lo produce.
Y leyendo eso pensé algo incómodo sobre mi propio trabajo. La consultoría estratégica suele pensarse como un acto de claridad —llegás, entendés, trazás un rumbo—, casi como si fuera un movimiento limpio, pero cuando trabajás de verdad con una empresa la experiencia es otra, porque no entrás a un problema abstracto sino a una historia, a una cultura que se fue formando con decisiones, aprendizajes y también con zonas de cuidado.
Uno puede llegar con una hipótesis prolija y encontrarse con una organización que se mueve a su propio ritmo, con estructuras que sostienen lo que existe, con un negocio que aprendió a funcionar de cierta manera, y ahí es donde empieza el verdadero trabajo: no cuando todo encaja de inmediato, sino cuando hay que quedarse un poco más, mirar mejor, volver a pensar.
Esa fricción es el equivalente, en estrategia, de la madera dura o del metal que no cede. No es un problema: es lo que obliga a afinar la mano, a dejar de aplicar fórmulas, a encontrar otra forma de decir lo mismo o a cambiar la pregunta y, en ese proceso, también cambiás vos, porque cada proyecto te vuelve un poco menos automático y un poco más preciso.
Por eso me interesa tanto la idea de Sennett de que el trabajo bien hecho no surge de una genialidad súbita sino de la repetición, del error trabajado, del tiempo que decanta. En consultoría pasa algo parecido: no es una presentación —por más completa que sea— la que transforma una mirada, sino una secuencia de conversaciones, de ajustes y de pequeñas torsiones que, con el tiempo, van modificando cómo se ve el negocio.
La metamorfosis nunca es limpia ni rápida: se va infiltrando, capa por capa, hasta que un día descubrís que la forma anterior ya no existe, ni en la organización ni en quien trabaja con ella.