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El factor humano sobre la IA

El fin de semana vi La hermanastra fea y, mientras avanzaba la película, pensé todo el tiempo en cómo dialoga con Frankenstein 2025 y con Superman 2025 . No tanto porque compartan género o estética, sino porque participan de un mismo clima cultural. En los tres casos, el cine vuelve a historias ya establecidas para revisar el origen de sus personajes. Este gesto no es nuevo, suele aparecer cuando una época siente que el presente perdió dirección y necesita volver a preguntarse cómo se llegó hasta acá, quiénes somos y cómo seguir. También funciona como una forma de poner en escena miedos que todavía no encontraron un lenguaje propio. Cada vez que el marco simbólico se resquebraja, la cultura —a través del cine, la literatura o la pintura— vuelve al origen para interrogarlo. Lo que hoy vemos en estas reversiones contemporáneas responde a esa misma lógica.

La hermanastra fea es la ópera prima de la directora noruega Emilie Blichfeldt y funciona como una relectura contemporánea de Cenicienta desde un ángulo poco habitual. El punto de vista se centra en quien no es elegida, en la que no encaja en el ideal. La película muestra cómo una familia y una sociedad deciden quién merece belleza, amor y futuro, y cómo esas decisiones organizan destinos completos. También deja ver hasta dónde se está dispuesto a llegar en la búsqueda de reconocimiento, incluso cuando en ese camino se pierde de vista el factor humano. El relato se entiende incluso sin conocer el cuento original, porque trabaja sobre una experiencia compartida: crecer dentro de un sistema que distribuye oportunidades de manera desigual y presenta esas jerarquías como si fueran naturales.

En Frankenstein 2025 , dirigida por Guillermo del Toro, el eje vuelve a situarse en el acto de crear. La película retoma la pregunta central del texto original: qué ocurre cuando alguien produce algo poderoso y luego carece de las herramientas simbólicas, emocionales y éticas para sostenerlo. La criatura aparece como consecuencia de una ambición que avanza más rápido que la capacidad de cuidado. Hay un giro especialmente significativo: el monstruo interpela a su creador, le exige explicaciones por haberlo traído al mundo y abandonado, y Victor Frankenstein termina pidiéndole disculpas. El conflicto deja de estar puesto en la monstruosidad y se desplaza hacia la responsabilidad de quien crea sin hacerse cargo de lo que genera.

Superman 2025 , dirigida por James Gunn, profundiza esta misma línea desde otro registro. El conflicto central no es el enfrentamiento con un enemigo externo, sino una crisis existencial. Superman descubre que sus padres biológicos, Jor-El y Lara, lo enviaron a la Tierra no para salvar a la humanidad, sino para liderarla y repoblarla. Ese mandato lo enfrenta a una pregunta decisiva: aceptar un destino fijado desde el origen o construir una identidad propia a partir de sus elecciones, de la bondad y del cuidado del otro. Superman deja de ser un símbolo de salvación automática y se convierte en una figura atravesada por la tensión entre lo heredado y lo elegido, un dilema profundamente contemporáneo.

Las tres películas comparten una misma estructura profunda. Hay un acto de creación y, luego, un sistema que resulta incapaz de acompañar eso que produjo. Familias, científicos, planetas o sociedades que generan algo valioso sin contar con los marcos necesarios para sostenerlo en el tiempo. En el presente, esos “creadores” ya no son solo individuos: adoptan la forma de sistemas amplios que organizan la vida social, como la tecnología, el mercado, la ciencia o la idea de progreso.

En este contexto aparece la inteligencia artificial. Su irrupción ocupa un lugar simbólico similar al del monstruo de Frankenstein: una creación humana que crece con velocidad, devuelve preguntas incómodas y obliga a repensar nuestro rol desde planos más profundos y significativos. La discusión deja de ser puramente técnica y pasa a ser cultural. Qué valores se transmiten, qué límites se establecen y qué responsabilidad se asume frente a lo que se pone en circulación.

Por eso estas películas vuelven al origen y se animan a reabrir preguntas sobre aquello que parecía ya resuelto. Antes de seguir avanzando, la cultura parece necesitar ordenar sus bases. Esta especie de reinicio funciona como una pausa para redefinir qué merece continuidad y qué formas ya no alcanzan para sostener sentido.

Todo lo anterior conduce a este punto, que concentra el núcleo de mi pensamiento: más allá de las tramas, los géneros y las estéticas, estas películas vuelven a poner en primer plano una pregunta de fondo: quién decide el rumbo de lo que creamos y con qué criterio. En ese marco, el ser humano reaparece en un lugar muy específico, como responsable último del sentido. La inteligencia artificial no avanza por inercia, sino dentro de los márgenes que nosotros mismos definimos. Lo que sigue dependiendo de manera irrenunciable del ser humano es la capacidad de orientar, asumir consecuencias y sostener las preguntas profundas que le dan dirección a la cultura. Ese es nuestro lugar. Conviene no perderlo de vista.

Daniela De Sousa Mendes