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Volvió Apple… volvió Steve Jobs

Por fin Apple salió a jugar a la cancha! Era hora!


¿Cómo? ¿Qué decís Daniela del gigante del deseo? ¿Cómo te atreves a criticarlo?


Y… sí.

Admitámoslo: aunque seguimos comprando muchas de las cosas que lanza, Apple llevaba ya un tiempo largo instalada en una zona bastante previsible. Correcta desde lo operativo, pero también solemne, gris, menos magnética, casi sin sex appeal. Incluso tuvo tropiezos comunicacionales difíciles de justificar para una compañía que construyó su mito justamente sobre la intuición cultural. Uno de los más comentados fue el comercial “Crush”, donde se aplastaban instrumentos musicales, latas de pintura, esculturas y hasta un muñeco de emoji sonriente para demostrar que toda la creativdad podía compactarse dentro de un iPad Pro. Las críticas fueron tantas que Apple terminó retirando el anuncio rápidamente y pidiendo disculpas. Un episodio bastante incómodo para una empresa que durante décadas fue sinónimo de sensibilidad estética y lectura del espíritu de época.

No todos son Steve Jobs. Es obvio, pero no está de más recordarlo. Y aunque no discuto el liderazgo de Cook —los números están ahí para respaldarlo— el vacío que dejó Jobs sigue siendo difícil de llenar, sobre todo en el plano simbólico. Porque su talento no era solamente empresarial o tecnológico, Jobs tenía algo mucho más raro: una intuición casi animal para detectar qué objetos podían capturar el deseo cultural de un momento histórico. También sabía cómo revelarlos al mundo. Sus keynotes eran una puesta en escena cuidadosamente construida para que el objeto apareciera como una evidencia inevitable. Esa capacidad de transformar un producto técnico en un objeto de imaginación colectiva fue lo que convirtió a Apple en algo más que una empresa de tecnología.

La verdad es que nadie asocia realmente a Apple con la tecnología. Lo que la marca construyó durante décadas fue una conexión emocional con las personas: emociones intensas, aspiracionales, incluso irracionales, muchas de ellas asociadas a la creatividad y a la identidad del usuario. La tecnología siempre estuvo ahí, claro, pero funcionando más como vehículo que como protagonista.

Por eso el título de esta nota tiene algo de provocación. Digo que volvió Steve Jobs porque volvieron los colores. Y con los colores regresó algo que Apple había ido perdiendo lentamente en los últimos años: una cierta ligereza, una sensación de juego, la posibilidad de que la tecnología vuelva a tener un pequeño gesto de encanto. Algo que durante mucho tiempo fue parte de su ADN: la magia


Apple acaba de lanzar la Neo, su laptop más barata, con un precio de entrada de 599 dólares. Llega en cuatro opciones: blush, indigo, silver y citrus. Lo interesante es que esos colores generaron más viralización, comentarios, excitación y conversación en redes que cualquier especificación técnica de la computadora. Es un recordatorio bastante elemental de cómo funciona el deseo: la mayoría de las personas no se enamora de un procesador ni de una placa madre; se enamora de una atmósfera, de una promesa estética, de la sensación de que un objeto puede transformar ligeramente la experiencia cotidiana y la manera en que nos vemos —o queremos vernos— frente a los demás.

Los colores siempre fueron parte del espíritu de Apple, pero sobre todo en uno de los momentos más decisivos de su historia: el regreso de Steve Jobs en 1997, después de haber sido expulsado de la empresa que él mismo había fundado. Ese retorno vino acompañado por las iMac de colores, que transformaron una computadora —hasta entonces un objeto “cremita” de oficina— en algo que querías tener en tu habitación como parte de tu identidad. Fue una operación cultural muy precisa: cambiar el lugar simbólico de la computadora. De herramienta de trabajo a objeto que formaba parte de tu mundo personal.

La Neo conecta muy bien con esa memoria para quienes vivimos esa época, pero al mismo tiempo habla a una generación nueva que no conoció ese momento fundacional. Los colores, la ligereza visual y el precio de entrada funcionan como un pequeño gesto de democratización del deseo tecnológico. La computadora deja de ser un bloque neutro para volver a tener personalidad. Vuelve a sugerir algo que Apple supo hacer muy bien durante años: que la tecnología también puede tener humor, carácter y una cierta alegría visual. Que el mundo puede ser mejor y que la magia también puede ser tuya. Una idea de esperanza, nada menor hoy para los más chicos, a quienes les tocó un mundo con perspectivas bastante más complejas que el nuestro.

Donde también veo un gran cambio es en la comunicación. Desde siempre Apple cultivó una comunicación extremadamente controlada, casi ceremonial, donde la interacción directa con el público quedaba bastante limitada. Incluso en YouTube hoy sus videos están configurados sin comentarios (una torpeza cultural difícil de justificar: YouTube es hoy uno de los lugares donde se produce la cultura. ¿Cómo van a cerrar los comentarios?).

La campaña ahora se apoya fuertemente en TikTok y trae una decisión que, en el contexto de Apple, no es menor: la compañía permite comentar las publicaciones. Puede parecer un detalle, pero implica aceptar jugar en un terreno donde hoy se produce buena parte de la conversación cultural.

También reactivaron su cuenta oficial de TikTok, que llevaba seis años prácticamente quieta. Y lo interesante es que esta vez no entraron a la plataforma como muchas marcas tradicionales —con piezas prolijas pero completamente desintonizadas del lenguaje de internet o con influencers como vendedores ambulantes digitales— sino que entendieron bastante bien el código cultural del momento. Ese pequeño territorio donde conviven humor absurdo, referencias visuales rápidas, gestos mínimos y microhistorias que funcionan casi como memes.

El resultado es una serie de piezas que recuperan algo muy propio de Apple: una mezcla de precisión estética, ligereza visual y humor elegante. El sonido de arranque del Mac aparece sobre imágenes de un amanecer rosa. Una Mac blush —que ya acumuló millones de visualizaciones— funciona como un guiño directo a las Macs originales de colores y a toda una generación que todavía recuerda ese momento. En otro video, un limón recibe una videollamada de FaceTime de una limaEl ícono del Finder se sonroja. Cítricos flotan en agua con gas . Todo tiene una gracia visual muy refinada, muy Apple.


El desafío para las marcas hoy no pasa solamente por lanzar buenos productos. Pasa por sostener una presencia viva dentro de la cultura. Y eso implica aceptar que, cada tanto, hay que desordenar las reglas que hasta ayer parecían intocables. El margen de riesgo que estén dispuestos a asumir los directivos es directamente proporcional a la posibilidad de crear algo que genere conversación y conexión emocional. Hoy funciona así: hay que animarse.

Creo que este puede ser el gran regreso de Apple. Sentí algo parecido con Severance, pero esto es distinto. Acá se la jugaron directo en el core de su negocio. Y eso es lo que más me interesa remarcar: el giro que dio Apple exige soltar el statu quo que la trajo hasta acá y animarse a hacer algo diferente. Algo donde los usuarios también participan y cocrean (algo que, para Apple, históricamente fue casi una blasfemia).

El éxito de muchas marcas depende exactamente de eso: de cuánto estén dispuestos a correrse de lo seguro para que la marca vuelva a sentirse viva, se descontracture, conecte con las personas y vuelva a generar lo que realmente importa: conexión cultural.

Y, como consecuencia, también ganancias.

Daniela De Sousa Mendes