
Digo “volvió” aunque nunca se fue del todo. Lo que pasó es que venía en descenso sostenido, y a partir de 2020 la cantidad de personas que creen en Dios, en algo superior o en alguna forma de trascendencia empezó a crecer de nuevo, en distintos países y en distintas generaciones.
No es un dato aislado. Aparece en paralelo a un momento que se vive como cada vez más inestable: guerras, crisis climática, incertidumbre económica, polarización política y una sensación bastante extendida de amenaza constante. En ese contexto vuelve con fuerza una pregunta de fondo: ¿cómo se vive cuando todo parece estar en riesgo?
Frente a eso, la religión empieza a ocupar otro lugar. Menos como dogma rígido y más como una estructura que ayuda a darle sentido a lo que pasa. La tecnología organiza gran parte de la vida: la hace más eficiente, más rápida, más conectada. Pero no explica. No alcanza para procesar lo que duele, lo que no cierra, lo que no tiene una solución clara. Ese vacío existe, y muchas personas, ya en la adultez y de manera bastante consciente, están eligiendo marcos religiosos o espirituales para habitarlo, no porque los heredaron, sino porque los encontraron.


Lo que también cambia es la forma en que se vive esa religiosidad. No vuelve necesariamente en su formato institucional tradicional, sino de manera más fragmentada, flexible y personal. Personas que rezan pero no van a misa, que meditan, que leen textos sagrados o que combinan prácticas de distintas tradiciones. La espiritualidad se desacopla de la institución, pero conserva lo que siempre ofreció: sentido, límite y orientación.
¿Por qué eso hace falta hoy? Porque los marcos que organizan la vida cotidiana son bastante endebles. El cinismo —donde nada importa demasiado—, los algoritmos —que terminan definiendo identidades en función del consumo— y la lógica del rendimiento individual —donde todo resultado recae sobre la responsabilidad personal— son sistemas que se vuelven inconsistentes en cuanto aparecen preguntas sobre el sufrimiento, el futuro, la muerte o la culpa. No tienen respuesta para eso.
A eso se suma la pérdida de comunidad. Muchas de las estructuras que organizaban la vida colectiva se fueron debilitando. Y la religión, más allá de la creencia, siempre funcionó también como espacio de encuentro, de pertenencia, de ritual compartido. En un momento en que las relaciones son más frágiles, más intermitentes y más mediadas por pantallas, esa dimensión vuelve a tener un valor concreto.
Por eso la religión crece. La modernidad resolvió mucho, pero dejó zonas desatendidas: sin lenguaje para el dolor, sin ritual para el cuerpo, sin comunidad para sostener la vida. Esas tres cosas siguen siendo necesarias. Cuando no están, algo las reemplaza. Y hoy, en muchos casos, ese lugar vuelve a ser ocupado por formas religiosas o espirituales que funcionan menos como sistemas cerrados de creencias y más como maneras de ordenar la experiencia, poner límites y construir sentido donde el contexto, por sí solo, no los ofrece.
Para las marcas, esto no es un dato lateral. A medida que la inteligencia artificial avanza y reorganiza cada vez más aspectos de la vida, vale la pena observar qué movimientos aparecen como respuesta. No son aleatorios: muchas veces funcionan como formas de compensación frente a una lógica tecnológica que tiende a homogeneizar y acelerar todo. El crecimiento de lo religioso y lo espiritual entra dentro de ese registro. Empieza a marcar un cambio en las preguntas, en las sensibilidades y en las formas en que las personas construyen sentido. Y eso, inevitablemente, redefine cómo se construye valor y qué tipo de vínculo es posible establecer.
Daniela De Sousa Mendes